El marketing de la política y la política del marketing

Hoy voy a hablar sobre un tema que no me gusta en absoluto pero que nos incumbe a todos: la política.

Aunque me licencié en periodismo hace ya 4 años y medio nunca me ha interesado el tema. La primera razón es que las noticias que tratan sobre asuntos políticos y económicos ocultan mucho más amarillismo de lo que pueda tener cualquier programa de Telecinco.

Me aburre ver las noticias. Más bien me agota el poco ánimo que me queda de un día de trabajo a tope. Todo va mal, crisis, paro, políticos corruptos, justicia para los ricos y manifestaciones que acaban en carnicería.

Morbo y más morbo.

La cosa va mal, ya lo sabemos. Yo lo sé. Y que los de la tele o los del periódico me lo recuerden cada día no nos ayuda en nada a nuestra lucha diaria de pagar las facturas, comer y tener un mínimo de tiempo para estar con los tuyos.

Una amiga mía japonesa me contaba que, normalmente, en los noticieros nipones evitaban poner cualquier imagen morbosa. Ni siquiera, durante el terremoto del pasado 11 de marzo de 2011, atiborraron la parrilla con el desastre, con gente llorando, cuerpos enterrados en los escombros e incluso perros abandonados a su suerte. Al contrario, mostraban a personas que habían sufrido el desastre de primera mano de forma pasiva, sin ni siquiera expresar emociones. No era momento de flaquear. Era el momento de recuperarse.

Ni tanto ni tampoco.

Hay que conocer la verdad, al menos un ápice (ya sabemos que el periodismo NUNCA es objetivo por mucho que se intente). Pero tampoco hay que ocultar los sentimientos.

 

El dedo en la llaga

Muchos españoles nos preguntamos una y otra vez: «¿Por qué puñetas no dimite el «señor» Mariano Rajoy? Sobre todo tras las últimas noticias que demuestran que, más corrupto, no se puede ser (en teoría). ¡Y no pasa nada!

Aunque muchas son noticias de hace años me resulta curioso ver en distintas redes sociales gente que comparte que tal ministro japonés ha dimitido porque se ha descubierto que utiliza dinero público o porque le han pillado con la mafia o con una amante.

Recordamos el caso del Yoshitada Konoike en el que una revista destapó que utilizaba dinero público para pagarse los viajes del tren para ver a su amante. O el de Seiji Maehara, cuya dimisión se debe a que recibió donaciones «ilegales» por parte de un país extranjero. Y ya no digamos el del Ministro de Justicia japones Keishu Tanaka que se fue por desvelarse que tenía relaciones con la mafia Yakuza.

EX – Ministro de Justicia, Keishu Tanaka

Pero… ¿qué de verdad hay en todo esto?

Si tomamos como punto de partida que los japoneses evitan mostrar cualquier escándalo o imagen que pueda dañar su sentido del bien para todos y la sociedad. ¿Cabe la posibilidad de que el propio Gobierno los sobornase para no manchar esa imagen? Se me ocurren miles de preguntas y me da rabia no saber la verdad.

Lo que sí me doy cuenta es que, al menos, en Japón tienen la valentía de «obligar» o bien que el propio individuo tenga la vergüenza (ya digo que no lo sabemos) de dimitir y no ejercer este tipo de puestos en la política japonesa.

Aquí lo de tener vergüenza nos la suda. Y lo peor es que quedamos como los tontos de Europa, del mundo si cabe, por seguir manteniendo una cúpula política corrupta, irresponsable y pasotista.

El marketing de la política en Japón se basa en mantener la imagen, cueste lo que cueste. La política del marketing es la base por la que nos llegan sus noticias y creemos que son un ejemplo a seguir según cómo nos lo venden.

El marketing de la política en España es agobiarnos con cartelería y discursos estúpidos para que votemos. La política del marketing es la de, cuanto más la caguemos, más morbo habrá, más se hablará de nosotros y más nos cabrearán.

A lo mejor la estrategia de marketing que está llevando a cabo el Gobierno es echarnos a todos del país. Si es así, felicidades. Lo estáis consiguiendo.

Disculpad el tono más serio de esta entrada. Pero viendo el panorama y eso que evito enterarme de «todo» por no vivir amargada a veces has de soltar tu opinión para no reventar por dentro.

 

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